La presentación del monstruo. | 23/12/2016

La matadora Hilda Tenorio nos presenta su columna y reflexión de lo que Manolete fue hace 71 en su presentación en México

El pasado nueve de Diciembre se cumplieron 71 años de la presentación en México del monstruo del toreo, el monstruo de Córdoba, o simplemente “El monstruo” Manuel Rodriguez Manolete.

Pocos son los elegidos cuya presencia levanta gran revuelo y expectación entre las multitudes.

La llegada de Manolete a México fue realmente apoteósica el 23 de noviembre de 1945 a las cuatro y media de la tarde. En el aeropuerto ya lo esperaba una multitud, pues desde el avión se había calentado el ambiente, que desde el se transmite a los aficionados unas declaraciones de Manolete, amén de los innumerables escritos periodísticos en distintos medios impresos nacionales.

Por las fotografías y algunas imágenes de video, en México creían que el monstruo del toreo era un hombre con cara de pocos amigos; y ¿cómo no creer eso si todas las imágenes que se toman siempre de los toreros son cuando tienen una mole de 500 kilogramos enfrente y que aparte saben bien que los puede matar?.

Apenas bajó del avión según cuentan, Manolete cambió la imagen que de él se tenía, fue entonces un muchacho espigado, elegante y risueño. A decir de muchos periodistas de la época, se trataba de un monstruo amable y simpático.

No obstante el cansancio del viaje que había comenzado el nueve de noviembre en barco hasta la Habana, para continuar en avión a México hasta el día 23 del mismo mes, el Monstruo amable regaló a todos los aficionados y periodistas puras sonrisas y buenos tratos, la clase en su lidiar no se limitaba sólo a los ruedos. Todavía, unas pocas horas después de su arribo a la ciudad de México, el monstruo tenía que ir a una cena. ¡pero que inoportunismo de la gente ofreciendo la cena la noche de su llegada si saben que tendrán dos o tres meses para agasajarlo!

Se alojó en el hotel Reforma en el cuarto 224 el hombre que acaparaba la atención de todo México y al día siguiente recibió a los periodistas; todos aseguraron que era un hábil conversador, siempre atinado en sus respuestas y un tanto filosófo en sus opiniones, que expresaba con gran serenidad sus juicios.

Los hábiles comerciantes no se durmieron, se hicieron paletas de caramelo con la efigie de Manolete; también se hicieron muñecos del torero cordobés, pero como dato curioso, los muñecos de Manolete sonriendo salían más caros, pues en el ruedo y con el toro, una sonrisa de diestro Español era casi un milagro.

La atención descansaba a tope sobre los hombros de aquel espigado hombre, habría que verlo dos semanas después delante del toro.

La corrida el 9 de diciembre, cuyo cartel completaban el Faraón texcocano Don Silverio Pérez y Eduardo Solórzano con toros de Torrecilla se dio con un lleno total y gente afuera que se conformó con sólo escuchar los olés.

Manolete, vestido de azul pálido y oro, no defraudó a todo lo que se esperaba de el. A su primer toro le cortó la oreja y el rabo (recordando que en ese tiempo no se otorgaban dos orejas), y con su segundo toro al dar el primer lance de capote recibió una tremenda cornada en la pierna por lo que no pudo continuar. Al preguntarle en entrevistas por qué no se había quitado para esquivar la cornada, Manolete respondió: Porque si hubiera dado el paso atrás, no sería Manolete.

¡Que Dios reparta suerte!

 

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